So you think you’re a romeo
Playing a part in a picture-show
Take the long way home
Take the long way home
Cos you’re the joke of the neighborhood
Why should you care if you’re feeling good
Take the long way home
Take the long way home
But there are times that you feel you’re part of the scenery
All the greenery is comin’ down, boy
And then your wife seems to think you’re part of the
Furniture oh, it’s peculiar, she used to be so nice.
When lonely days turn to lonely nights
You take a trip to the city lights
And take the long way home
Take the long way home
You never see what you want to see
Forever playing to the gallery
You take the long way home
Take the long way home
And when you’re up on the stage, it’s so unbelievable,
Unforgettable, how they adore you,
But then your wife seems to think you’re losing your sanity,
Oh, calamity, is there no way out?
Does it feel that you life’s become a catastrophe?
Oh, it has to be for you to grow, boy.
When you look through the years and see what you could
Have been oh, what might have been,
If you’d had more time.
So, when the day comes to settle down,
Who’s to blame if you’re not around?
You took the long way home
You took the long way home...........
SUPERTRAMP
miércoles, octubre 26, 2005
lunes, octubre 24, 2005
REIR Y LLORAR

Lloran las ramas
Azotadas por el viento
Las raíces se están riendo
En la oscuridad
Sentado en la fuente
Me mojo la cara
Y un aire caliente...
Malditas palabras
La Coca-Cola
Siempre es igual
Pero yo no,
Yo puedo cambiar
Yo no quiero más
Tener buena suerte
Abrázame fuerte
Y hazme volar
Hazme reír
Hazme llorar
Reír y llorar
Mirando a los cielos
Con los pies en la maceta
Yo también tengo
Mi fórmula secreta
La Coca-Cola
Siempre es igual
Yo a veces tampoco
Puedo cambiar
Ya no quiero más
Tener buena suerte
Abrázame fuerte
Y hazme volar
Hazme reír
Hazme llorar
Reír y llorar
Kiko Veneno
lunes, octubre 17, 2005
A mi padre...
Lo único que pensaba, aunque no creo que pensara jamás, era que su sombra y él, cuando se juntaran, se unirían como dos gotas de agua y cuando no fue así se quedó horrorizado. Intentó pegársela con jabón del cuarto de baño, pero eso también falló. Un escalofrío recorrió a Peter, que se sentó en el suelo y se echó a llorar.
Sus sollozos despertaron a Wendy, que se sentó en la cama. No se alarmó al ver a un desconocido llorando en el suelo del cuarto, sólo sentía un agradable interés.
-Niño -dijo con cortesía-, ¿por qué lloras?
Peter también podía ser enormemente cortés, pues había aprendido los buenos modales en las ceremonias de las hadas y se levantó y se inclinó ante ella con gran finura. Ella se sintió muy complacida y lo saludó con elegancia desde la cama.
-¿Cómo te llamas? -preguntó él.
-Wendy Moira Angela Darling -replicó ella con cierta satisfacción-. Y tú, ¿cómo te llamas?
-Peter Pan.
Ella ya estaba segura de que tenía que ser Peter, pero le parecía un nombre bastante corto.
-¿Eso es todo?
-Sí -dijo él con aspereza. Por primera vez le parecía que era un nombre algo corto.
-Cómo lo siento -dijo Wendy Moira Angela.
-No es nada -masculló Peter.
Ella le preguntó dónde vivía.
-Segunda a la derecha -dijo Peter-, y luego todo recto hasta la mañana.
-¡Qué dirección más rara!
Peter se sintió desalentado. Por primera vez le parecía que quizás sí que era una dirección rara.
-No, no lo es.
-Quiero decir -dijo Wendy, recordando que era la anfitriona-, ¿es eso lo que ponen en las cartas?
Él deseó que no hubiera hablado de cartas.
-Yo no recibo cartas -dijo con desprecio.
-Pero tu madre recibirá cartas, ¿no?
-No tengo madre -dijo él. No sólo no tenía madre, sino que no sentía el menor deseo de tener una. Le parecía que eran unas personas a las que se les había dado una importancia exagerada. Sin embargo, Wendy sintió inmediatamente que se hallaba en presencia de una tragedia.
-Oh, Peter, no me extraña que estuvieras llorando -dijo y se levantó de la cama y corrió hasta él.
-No estaba llorando por cosa de madres -dijo él bastante indignado-. Estaba llorando porque no consigo que mi sombra se me quede pegada. Además, no estaba llorando.
-¿Se te ha despegado?
-Sí.
Entonces Wendy vio la sombra en el suelo, toda arrugada y se apenó muchísimo por Peter.
-¡Qué horror! -dijo, pero no pudo evitar sonreír cuando vio que había estado tratando de pegársela con jabón. ¡Qué típico de un chico!
Por fortuna ella supo al instante lo que había que hacer.
-Hay que coserla -dijo, con un ligero tono protector.
-¿Qué es coser? -preguntó él.
-Eres un ignorante.
-No, no lo soy.
Pero ella estaba encantada ante su ignorancia.
-Yo te la coseré, muchachito -dijo, aunque él era tan alto como ella y sacó su costurero y cosió la sombra al pie de Peter.
-Creo que te va a doler un poco -le advirtió.
-Oh, no lloraré -dijo Peter, que ya se creía que no había llorado en su vida. Y apretó los dientes y no lloró y al poco rato su sombra se portaba como es debido, aunque seguía un poco arrugada.
-Quizás debería haberla planchado -dijo Wendy pensativa, pero a Peter, chico al fin y al cabo, le daban igual las apariencias y estaba dando saltos loco de alegría. Por desgracia, ya se había olvidado de que debía su felicidad a Wendy. Creía que él mismo se había pegado la sombra.
Sus sollozos despertaron a Wendy, que se sentó en la cama. No se alarmó al ver a un desconocido llorando en el suelo del cuarto, sólo sentía un agradable interés.
-Niño -dijo con cortesía-, ¿por qué lloras?
Peter también podía ser enormemente cortés, pues había aprendido los buenos modales en las ceremonias de las hadas y se levantó y se inclinó ante ella con gran finura. Ella se sintió muy complacida y lo saludó con elegancia desde la cama.
-¿Cómo te llamas? -preguntó él.
-Wendy Moira Angela Darling -replicó ella con cierta satisfacción-. Y tú, ¿cómo te llamas?
-Peter Pan.
Ella ya estaba segura de que tenía que ser Peter, pero le parecía un nombre bastante corto.
-¿Eso es todo?
-Sí -dijo él con aspereza. Por primera vez le parecía que era un nombre algo corto.
-Cómo lo siento -dijo Wendy Moira Angela.
-No es nada -masculló Peter.
Ella le preguntó dónde vivía.
-Segunda a la derecha -dijo Peter-, y luego todo recto hasta la mañana.
-¡Qué dirección más rara!
Peter se sintió desalentado. Por primera vez le parecía que quizás sí que era una dirección rara.
-No, no lo es.
-Quiero decir -dijo Wendy, recordando que era la anfitriona-, ¿es eso lo que ponen en las cartas?
Él deseó que no hubiera hablado de cartas.
-Yo no recibo cartas -dijo con desprecio.
-Pero tu madre recibirá cartas, ¿no?
-No tengo madre -dijo él. No sólo no tenía madre, sino que no sentía el menor deseo de tener una. Le parecía que eran unas personas a las que se les había dado una importancia exagerada. Sin embargo, Wendy sintió inmediatamente que se hallaba en presencia de una tragedia.
-Oh, Peter, no me extraña que estuvieras llorando -dijo y se levantó de la cama y corrió hasta él.
-No estaba llorando por cosa de madres -dijo él bastante indignado-. Estaba llorando porque no consigo que mi sombra se me quede pegada. Además, no estaba llorando.
-¿Se te ha despegado?
-Sí.
Entonces Wendy vio la sombra en el suelo, toda arrugada y se apenó muchísimo por Peter.
-¡Qué horror! -dijo, pero no pudo evitar sonreír cuando vio que había estado tratando de pegársela con jabón. ¡Qué típico de un chico!
Por fortuna ella supo al instante lo que había que hacer.
-Hay que coserla -dijo, con un ligero tono protector.
-¿Qué es coser? -preguntó él.
-Eres un ignorante.
-No, no lo soy.
Pero ella estaba encantada ante su ignorancia.
-Yo te la coseré, muchachito -dijo, aunque él era tan alto como ella y sacó su costurero y cosió la sombra al pie de Peter.
-Creo que te va a doler un poco -le advirtió.
-Oh, no lloraré -dijo Peter, que ya se creía que no había llorado en su vida. Y apretó los dientes y no lloró y al poco rato su sombra se portaba como es debido, aunque seguía un poco arrugada.
-Quizás debería haberla planchado -dijo Wendy pensativa, pero a Peter, chico al fin y al cabo, le daban igual las apariencias y estaba dando saltos loco de alegría. Por desgracia, ya se había olvidado de que debía su felicidad a Wendy. Creía que él mismo se había pegado la sombra.
martes, octubre 11, 2005
everything's not lost - coldplay
When I counted up my demons
Saw there was one for every day
With the good ones on my shoulders
I drove the other ones away
So if you ever feel neglected
And if you think that all is lost
I'll be counting up my demons, yeah
Hoping everything's not lost
When you thought that it was over
You could feel it all around
And everybody's out to get you
Don't you let it drag you down
'Cos if you ever feel neglected
And if you think that all is lost
I'll be counting up my demons, yeah
Hoping everything's not lost
If you ever feel neglected
If you think that all is lost
I'll be counting up my demons, yeah
Hoping everything's not lost
Singing out
Oh, oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
Everything's not lost
So come on, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
And everything's not lost
Oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
And everything's not lost
Come on, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
Come on, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
And everything's not lost
Sing out, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
And everything's not lost
Come on, yeah
Oh, oh yeah
Sing out, yeah
And everything's not lost
Saw there was one for every day
With the good ones on my shoulders
I drove the other ones away
So if you ever feel neglected
And if you think that all is lost
I'll be counting up my demons, yeah
Hoping everything's not lost
When you thought that it was over
You could feel it all around
And everybody's out to get you
Don't you let it drag you down
'Cos if you ever feel neglected
And if you think that all is lost
I'll be counting up my demons, yeah
Hoping everything's not lost
If you ever feel neglected
If you think that all is lost
I'll be counting up my demons, yeah
Hoping everything's not lost
Singing out
Oh, oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
Everything's not lost
So come on, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
And everything's not lost
Oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
Oh, oh, yeah
And everything's not lost
Come on, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
Come on, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
And everything's not lost
Sing out, yeah
Oh, oh, yeah
Come on, yeah
And everything's not lost
Come on, yeah
Oh, oh yeah
Sing out, yeah
And everything's not lost
lunes, octubre 10, 2005
FANTASMAS
No quiero que vuelvan a mis sueños. No quiero que vuelvan.
Quiero un otoño de vino y rosas...no quiero este otoño los recuerdos añiles de acuarelas pasadas.
Se acabó. Se acabó. Se acabó.
Sólo miro hacia adelante, solo miro al horizonte...todo lo que dejo tras de mi se quedará allí irremediablemente. No pienso volver la cabeza. No voy a convertirme en estatua de sal.
Buenas noches, noche...Traeme sueños nuevos.
Quiero un otoño de vino y rosas...no quiero este otoño los recuerdos añiles de acuarelas pasadas.
Se acabó. Se acabó. Se acabó.
Sólo miro hacia adelante, solo miro al horizonte...todo lo que dejo tras de mi se quedará allí irremediablemente. No pienso volver la cabeza. No voy a convertirme en estatua de sal.
Buenas noches, noche...Traeme sueños nuevos.
martes, octubre 04, 2005
EL ESPEJO
Creo que te he visto hoy en el metro. Creo que por un segundo me ha parecido ver tu cara. Pero cuando he ido a mirar mejor se han abierto las puertas y te has esfumado... así que he seguido leyendo entre empujones y gritos. Uno no se entera de lo que lee cuando lee en el metro, pero te da tiempo a leer muchas páginas. Eso está bien.
He venido corriendo al trabajo porque de nuevo llegaba tarde y en las escaleras del metro he pegado un traspiés y casi me esnuco... pero al final he conseguido fichar solo con diez minutos de retraso. Para colmo hoy no funcionaba la fotocopiadora, el café se me ha quedado frío porque me lo he ido dejando aparcado en todas las mesas de mis compañeros de departamento mientras recogía informes, y cuando por fin he conseguido pegarle un trago, casi se lo escupo en la cara a Vicente de la arcada que he sentido. Bueno, mañana desayunaré con más calma... lo intentaré al menos.
A la hora de la comida, también me ha parecido verte en el Burguer. Pero quizá es obsesión. Pasaba casi corriendo con la bandeja en la mano y adiviné tu reflejo en uno de los tablones donde aparecen los menús. Pero al girarme ya no estabas. No debías ser tú.
Volví al trabajo y me tomé un Almax porque la mostaza y los pepinillos me estaban taladrando el alma desde el estómago... ¡y como para perder tiempo está una!.
Cuando he salido ya era de noche. He estado esperando el bus junto con dos docenas más de personas bajo una minicornisa y una lluvia torrencial que ni es de primavera, ni de verano, ni de nada... lo único para lo que sirve es para aguarnos la vuelta a casa a todo el mundo. Y cuando ha llegado el autobús petado hasta arriba, te he vuelto a ver en el reflejo de la puerta. Y ya eran demasiadas coincidencias, nena... Pero no he tenido tiempo para buscarte entre la gente y preguntarte por qué has pasado de los colegas durante tanto tiempo, anda que menuda agendita tenemos, eh?. He subido como he podido, metiendo codazos a diestro y siniestro y me he acoplado en un rincón al lado de una de las puertas de atrás.
He llegado a casa sobre las diez de la noche. Me dolía la espalda y la cabeza y no me apetecía cenar nada. He escuchado los mensajes del contestador sin prestarles mucha atención mientras me preparaba un cola cao caliente y encendía la tele. ..
Me he despertado con un dolor de cuello horrible. Como me fastidia quedarme dormida en el sillón. Son las dos menos cuarto de la mañana. Me he arrastrado como he podido hasta el baño y cuando voy a encender la luz del espejo....
-- “Joder!! Qué susto!! ¿Otra vez tú? En el metro, en el burguer, en el bus... Menuda cara tienes... estoy reventada y me voy a la cama que mañana me espera un infierno en la oficina... un día de estos hablamos. Sin falta. Te lo prometo... Pero, ¿qué haces?, ¿no te irás a poner a llorar?... de verdad que no tengo un minuto libre, pero en cuanto pueda te aviso. Seguro que tenemos muchas cosas que contarnos... “
He venido corriendo al trabajo porque de nuevo llegaba tarde y en las escaleras del metro he pegado un traspiés y casi me esnuco... pero al final he conseguido fichar solo con diez minutos de retraso. Para colmo hoy no funcionaba la fotocopiadora, el café se me ha quedado frío porque me lo he ido dejando aparcado en todas las mesas de mis compañeros de departamento mientras recogía informes, y cuando por fin he conseguido pegarle un trago, casi se lo escupo en la cara a Vicente de la arcada que he sentido. Bueno, mañana desayunaré con más calma... lo intentaré al menos.
A la hora de la comida, también me ha parecido verte en el Burguer. Pero quizá es obsesión. Pasaba casi corriendo con la bandeja en la mano y adiviné tu reflejo en uno de los tablones donde aparecen los menús. Pero al girarme ya no estabas. No debías ser tú.
Volví al trabajo y me tomé un Almax porque la mostaza y los pepinillos me estaban taladrando el alma desde el estómago... ¡y como para perder tiempo está una!.
Cuando he salido ya era de noche. He estado esperando el bus junto con dos docenas más de personas bajo una minicornisa y una lluvia torrencial que ni es de primavera, ni de verano, ni de nada... lo único para lo que sirve es para aguarnos la vuelta a casa a todo el mundo. Y cuando ha llegado el autobús petado hasta arriba, te he vuelto a ver en el reflejo de la puerta. Y ya eran demasiadas coincidencias, nena... Pero no he tenido tiempo para buscarte entre la gente y preguntarte por qué has pasado de los colegas durante tanto tiempo, anda que menuda agendita tenemos, eh?. He subido como he podido, metiendo codazos a diestro y siniestro y me he acoplado en un rincón al lado de una de las puertas de atrás.
He llegado a casa sobre las diez de la noche. Me dolía la espalda y la cabeza y no me apetecía cenar nada. He escuchado los mensajes del contestador sin prestarles mucha atención mientras me preparaba un cola cao caliente y encendía la tele. ..
Me he despertado con un dolor de cuello horrible. Como me fastidia quedarme dormida en el sillón. Son las dos menos cuarto de la mañana. Me he arrastrado como he podido hasta el baño y cuando voy a encender la luz del espejo....
-- “Joder!! Qué susto!! ¿Otra vez tú? En el metro, en el burguer, en el bus... Menuda cara tienes... estoy reventada y me voy a la cama que mañana me espera un infierno en la oficina... un día de estos hablamos. Sin falta. Te lo prometo... Pero, ¿qué haces?, ¿no te irás a poner a llorar?... de verdad que no tengo un minuto libre, pero en cuanto pueda te aviso. Seguro que tenemos muchas cosas que contarnos... “
viernes, septiembre 30, 2005
Hoy te lo dedico a ti...

Lejos si viajas hacia el sur
junto a la playa
hay una casa con el tejado azul
y tres ventanas
si le ves dile que estoy bien
y que aún me acuerdo
de lo fríos que encontré sus piés
en ese invierno oscuro tan extraño
ahora se que su corazón
estaba blindado
en cambio el mío era como un tambor
aporreado
él me dijo: si vienes de paseo
me gustaría
hacer noche envuelto entre tu pelo
por esos días que tuvimos en las
manos
flores raras
flores raras
¿Sabes? no me paré a pensar
mientras guardaba
todas mis cosas para correr detrás
de una corazonada
ahora se que fue una estación
en el viaje
y estas flores son solo lo que son
crecen salvajes y no saben lo que
hacen
flores raras
flores raras
Hace dos años le ví en un café
con una niña que hablaba francés
no dije nada, no me acerqué
todos los besos acaban por ser
flores raras, flores caras
flores raras, flores malas
Letra y Música: Rosenvinge
martes, septiembre 27, 2005
Me gusta el café...
by Mark Knopfler
She gets the sun in the daytime
Perfume in the dusk
And she comes out in the night time
With the honeysuckle musk
Because she smells just like a rose
And she tastes just like a peach
She got me walking where the wildlife goes
I'd do anything to reach her
And she was made in heaven
Heaven's in the world
Is this just expresso love
You know I'm crazy for the girl
She call me just to talk
She's my lover, she's a friend of mine
She says hey mister you wanna take a walk
In the wild west end sometime
And I get trouble with my breathing
She says boys don't know anything
But I know what I want
I want everything
Well I feel so good cos I feel so good
And I feel so good cos it feels so right
I was made to go with my girl
Like a saxophone was made to go with the night
And she can raise one eyebrow
Put her hand on my hip
And I close one eye now
Sweat on her tip
And I surrender to the fever
She love me so tender I got to believe her
Love? Express love's alright
I don't want no sugar in it
Thank you very much
All wired up on it all fired up on it
Express touch
Hey maestro expresso
It's just another one just like the other one
Hey maestro express
Is this another one just like the other one
lunes, septiembre 05, 2005
MUJER SOLTERA E INDEPENDIENTE BUSCA HOMBRE…PARA SEGUIR SIÉNDOLO CON ÉL
“No me salía llamarte”. Durante seis meses si le ha salido llamarme, y ahora de pronto ya no. ¿Desde cuando y por qué razón? ¿Desde que ha descubierto que no le necesito? Porque es cierto, no le necesito. No le necesito para trabajar, para abrir una cuenta en el banco, para comprarme un coche o para salir una noche de juerga. Pero igual no se para a pensar que todas esas cosas en las que no le necesito, tal vez quiera compartirlas. Tengo treinta y un años, una profesión con futuro en la que no me falta trabajo, tengo casa propia, un buen coche, y no soy tonta. Y además como colofón, los hombres suelen fijarse en mí.
Supongo que todo ocurre más o menos de este modo. Chica conoce chico y ambos se interesan el uno por el otro. Quedan varias veces. Las suficientes para que él se de cuenta de que no soy ni menos culta, ni menos lista, ni menos trabajadora que él y decida que mantener una relación conmigo no le conviene o no le compensa. No puede cuidar de mí, y lo que es peor tal vez yo tampoco quiera “cuidar de él” como lo hace mamá.
Se le debe hacer cuesta arriba descubrir que discuto sus ideas porque le entiendo cuando las expone. Que a veces estoy de acuerdo, pero otras (joder!) no lo estoy. Debe ser extrañísimo que no renuncie a mi vida como tampoco lo hace él porque sería renunciar a mí misma. Con lo bonito que era aquello de: “te amo tanto que daría mi vida por ti”. No en el sentido de pegarse un tiro sino de darte literalmente mi vida. Por estúpido que parezca, que yo tenga un Audi A3 y tú un Renault Clio hace que nuestra relación sea del todo imposible. Distinto sería si el Audi fuera tuyo y yo no tuviera ni carnet de conducir. Quizá pienses que mi lado bueno es el que se ve desde la ventanilla del copiloto, ¡qué sé yo!. Y si para conocer mundo y viajar tampoco necesito que me lleves las maletas y me hagas de traductor, apaga y vámonos. Es normal que “no te salga llamarme”.
Y lo peor de todo es, que quizá te estés perdiendo algo mucho mejor que el hecho de que una mujer te necesite para vivir. Y es, que una mujer que no necesita a nadie para vivir, te elija sin embargo, para compartir su vida contigo.
Supongo que todo ocurre más o menos de este modo. Chica conoce chico y ambos se interesan el uno por el otro. Quedan varias veces. Las suficientes para que él se de cuenta de que no soy ni menos culta, ni menos lista, ni menos trabajadora que él y decida que mantener una relación conmigo no le conviene o no le compensa. No puede cuidar de mí, y lo que es peor tal vez yo tampoco quiera “cuidar de él” como lo hace mamá.
Se le debe hacer cuesta arriba descubrir que discuto sus ideas porque le entiendo cuando las expone. Que a veces estoy de acuerdo, pero otras (joder!) no lo estoy. Debe ser extrañísimo que no renuncie a mi vida como tampoco lo hace él porque sería renunciar a mí misma. Con lo bonito que era aquello de: “te amo tanto que daría mi vida por ti”. No en el sentido de pegarse un tiro sino de darte literalmente mi vida. Por estúpido que parezca, que yo tenga un Audi A3 y tú un Renault Clio hace que nuestra relación sea del todo imposible. Distinto sería si el Audi fuera tuyo y yo no tuviera ni carnet de conducir. Quizá pienses que mi lado bueno es el que se ve desde la ventanilla del copiloto, ¡qué sé yo!. Y si para conocer mundo y viajar tampoco necesito que me lleves las maletas y me hagas de traductor, apaga y vámonos. Es normal que “no te salga llamarme”.
Y lo peor de todo es, que quizá te estés perdiendo algo mucho mejor que el hecho de que una mujer te necesite para vivir. Y es, que una mujer que no necesita a nadie para vivir, te elija sin embargo, para compartir su vida contigo.
domingo, julio 24, 2005
ME GUSTA TODO DE TI...(a veces pasa, oye)
Me gusta todo de ti
tus ojos de fiera en celo
el filo de tu nariz
el resplandor de tu pelo
Me gusta todo de ti
Me gusta todo de ti
la luna de tu sonrisa
de gato de chesire
colgada de la cornisa de la cornisa
Tu colágeno y la miel
de tus labios perfilados
los modales de tu piel.
Me gusta todo de ti
tu ombligo menudo y chato
tu talle de maniquí
el lunar de tu omoplato
Me gusta todo de ti
Me gusta todo de ti
tus pezones como lilas
alcancía carmesí
tu ingles y tus axilas
lo esconde un "no sé qué"
de los pies a la cabeza
me gustas, pero por piezas
te quiero, pero a pedazos.
Me gusta todo de ti
Me gusta todo de ti,
pero tú no.
Tú no.
Me gusta todo de ti
por eso, muchacha guapa.
me diste la lengua y
me la planté en la solapa.
Me gusta todo de ti
rescate tu Corazón
del cubo de la basura
para hacerme un medallón
de bisutería pura.
Me gusta todo de ti
eres tan linda por fuera
que a retales yo quisiera
llevarte puesta de adorno.
Me gusta todo de ti,
pero tú no.
Tú no.
JMS
tus ojos de fiera en celo
el filo de tu nariz
el resplandor de tu pelo
Me gusta todo de ti
Me gusta todo de ti
la luna de tu sonrisa
de gato de chesire
colgada de la cornisa de la cornisa
Tu colágeno y la miel
de tus labios perfilados
los modales de tu piel.
Me gusta todo de ti
tu ombligo menudo y chato
tu talle de maniquí
el lunar de tu omoplato
Me gusta todo de ti
Me gusta todo de ti
tus pezones como lilas
alcancía carmesí
tu ingles y tus axilas
lo esconde un "no sé qué"
de los pies a la cabeza
me gustas, pero por piezas
te quiero, pero a pedazos.
Me gusta todo de ti
Me gusta todo de ti,
pero tú no.
Tú no.
Me gusta todo de ti
por eso, muchacha guapa.
me diste la lengua y
me la planté en la solapa.
Me gusta todo de ti
rescate tu Corazón
del cubo de la basura
para hacerme un medallón
de bisutería pura.
Me gusta todo de ti
eres tan linda por fuera
que a retales yo quisiera
llevarte puesta de adorno.
Me gusta todo de ti,
pero tú no.
Tú no.
JMS
sábado, julio 23, 2005
SOUVENIR - Alex y Christina
Escucha amigo esta historia tan triste y tan real
Escucha en qué se puede convertir un dulce hogar
Y es que el amor no tiene nada que ver
con la sartén, la aspiradora y el mantel
Y ahora suena el despertador y me quiero morir
cualquier día de estos te juro que lo tiro por fin
y este maldito café, que sabe a yo que sé
pero ya basta de hablar, hay que ponerse a trabajar
Pero ya tengo un plan
para escapar
Me largaré por la puerta de atrás
Dejaré un souvenir muy especial
Que bonito será verlo todo estallar
Pero cuidado que viene el tirano con ganas de gritar
está hambriento como un león y tal vez quiera algo más
(el postrecito especial)
Pues ahí está la tortilla y déjame en paz
no quiero ver tus sucias manos en mi piel
Así que escucha mi amigo el consejo de esta pobre infeliz
este contrato es un timo y tu aún estás a tiempo de huir
Cuando te vayan a hacer esa proposición
echa a volar y no te pares hasta Madagascarrrrrrr
Quiero ver la cara que él va a poner
cuando vuelva a cenar y vea que ya no está
su preciosa casita, ni su mujercita
que con la dinamita se lo ha cargado todo
Escucha en qué se puede convertir un dulce hogar
Y es que el amor no tiene nada que ver
con la sartén, la aspiradora y el mantel
Y ahora suena el despertador y me quiero morir
cualquier día de estos te juro que lo tiro por fin
y este maldito café, que sabe a yo que sé
pero ya basta de hablar, hay que ponerse a trabajar
Pero ya tengo un plan
para escapar
Me largaré por la puerta de atrás
Dejaré un souvenir muy especial
Que bonito será verlo todo estallar
Pero cuidado que viene el tirano con ganas de gritar
está hambriento como un león y tal vez quiera algo más
(el postrecito especial)
Pues ahí está la tortilla y déjame en paz
no quiero ver tus sucias manos en mi piel
Así que escucha mi amigo el consejo de esta pobre infeliz
este contrato es un timo y tu aún estás a tiempo de huir
Cuando te vayan a hacer esa proposición
echa a volar y no te pares hasta Madagascarrrrrrr
Quiero ver la cara que él va a poner
cuando vuelva a cenar y vea que ya no está
su preciosa casita, ni su mujercita
que con la dinamita se lo ha cargado todo
viernes, julio 22, 2005
ROMANCE SONÁMBULO (en una noche de verano)

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata plata
Bajo la luna gitana, las cosas la están mirando y ella no puede mirarlas.
*
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas, que vienen con el pez de sombra que abre el camino del alba. La higuera frota su viento con la lija de sus ramas, y el monte, gato garduño, eriza sus pitas agrias. ¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.
*
--Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando
desde los puertos de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
*
-- Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿ No veis la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
--Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo.
Ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
--¡Dejadme subir!, dejadme
hasta las altas barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.
*
Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas. Temblaban en los tejados farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.
*
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
--¡Compadre! ¿Dónde está, dime?¿Dónde está tu niña amarga?
--¡Cuántas veces te esperó!¡Cuántas veces te esperara, cara fresca, negro pelo, en esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe,
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.
Federico García Lorca
jueves, julio 21, 2005
MINI RELATO

ADIOS MADRID
Ahora que me marcho de Madrid y no sé cuando volveré, paso por última vez por el callejón del Gato para mirarme en sus espejos, como Max Estrella. Y los espejos me hablan de mí sinceramente, esperpénticamente. En estas calles me hice el alma jirones, y caminé boca abajo, y le aullé a la luna. Hoy escucho la radio desde mi coche en la autopista y una voz de locutor me cuenta que esta noche alguien rompió los espejos en el Callejón del Gato. Y se quedaron todos rotos por el suelo, como los pedazos de mi corazón.
Qué tendrá Madrid. Es ruidosa, está fea, se enfada contigo por las mañanas y no te hace caso cuando vuelves cansada a casa. Te ignora durante días y luego de pronto, una sola noche de luna que te ofrece sus risas en una taberna, se queda con tu corazón. Pero el mío se rompió con tanta triste realidad. Necesito encontrar otro escenario donde no me duelan los pulmones cuando quiera seguir soñando.
He llegado a la playa donde viviré a partir de hoy. Abro mi bolso y saco de él un trocito de espejo. Un trocito de mi corazón. El trocito de Madrid que me sigue mostrando quién soy, esté donde esté.
miércoles, julio 20, 2005
MI MADRID...

Con su boina calada,con sus guantes de seda,
su sirena varada, sus fiestas de guardar,
su vuelva usted mañana, su sálvese quien pueda,
su partidita de mus, su fulanita de tal.
Con su todo es ahora, con su nada es eterno,
con su rap y su chotis, con su okupa y su skin,
aunque muera el verano y tenga prisa el invierno,
la primavera sabe que la espero en Madrid.
Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso,
su santo y su torero, su Atleti, su Borbón,
sus gordas de Botero, sus hoteles de paso,
su taleguito de hash, sus abuelitos al sol.
Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo,
su dieciocho de julio, su catorce de abril.
A mitad de camino entre el infierno y el cielo
yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid.
Aunque la noche delire como un pájaro en llamas.
Aunque no dé la gloria la Puerta de Alcalá.
Aunque la maja desnuda cobre quince y la cama.
Aunque la maja vestida no se deje besar.
Pasarela "Cibeles", cárcel de Yeserías,
Puente de los Franceses, tascas de Chamberí
ya no sueña aquel niño que soñó que escribía,
Corazón de María, no me dejes así...
Corte de los Milagros, Virgen de la Almudena,
chabolas de uralita, Palacio de Cristal,
con su no "pasaran", con su "vivan las caenas"
su cementerio civil,su banda municipal.
He llorado en Venecia,
me he perdido en Manhattan,
he crecido en la Habana,
he sido un paria en París.
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren
que desemboca en Madrid.
Pero siempre hay un niño que envejece en Madrid,
pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid,
pero siempre hay un fuego
que se enciende en Madrid,
pero siempre hay un barco que naufraga en Madrid,
pero siempre hay un sueño
que se despierta en Madrid,
pero siempre hay un vuelo de regreso a Madrid.
J.S.
martes, julio 19, 2005
Homenaje a Cataluña

capítulo I
En el Cuartel Lenin de Barcelona, un día antes de alistarme en las milicias populares, vi a un miliciano italiano delante de la mesa de los oficiales.
Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aire resuelto, pelo entre rubio y rojo, y espaldas poderosas. La gorra de cuero le caía decididamente sobre un ojo. Estaba de costado, la barbilla en el pecho, mirando con un frunce de confusión el mapa que un oficial había desplegado en la mesa. Advertí en su cara algo que me conmovió profundamente. Era la cara de un hombre que mataría y daría la vida por un amigo, la clásica cara que se espera en un anarquista, aunque era probable que fuese comunista. En aquella cara había franqueza y ferocidad, y también ese respeto enternecedor que sienten los analfabetos por sus presuntos superiores. Era evidente que el mapa era chino para él; era evidente que interpretar un mapa representaba para él una hazaña intelectual extraordinaria. No sabría decir por qué, pero creo que no he conocido a nadie —quiero decir a ningún hombre— con quien haya simpatizado con tanta rapidez. En la conversación de los de la mesa se mencionó que yo era extranjero. El italiano levantó la cabeza y dijo de inmediato:
—¿Italiano?
—No, inglés —respondí en mi mal español—. ¿Y tú?
—Italiano.
Al salir se me acercó y me estrechó la mano con fuerza. Qué extraño que podamos sentir tanto afecto por un desconocido. Fue como si su espíritu y el mío hubieran salvado el abismo del idioma y las tradiciones y se hubieran compenetrado a fondo. Esperaba haberle caído tan bien como él a mí. Pero yo sabía que para conservar aquella primera impresión no debía volver a verlo; y huelga decir que no volví a verlo. Siempre se trababan relaciones así en España.
Menciono a este italiano porque se me ha quedado vivamente grabado en la memoria. Con el uniforme raído y aquel rostro feroz y enternecedor, tipifica para mí el clima especial de aquellos tiempos. Está unido a todos mis recuerdos de aquella fase de la guerra: las banderas rojas de Barcelona; los trenes destartalados y llenos de soldados mal vestidos, que se arrastraban hacia el frente; los pueblos grises, alcanzados por la guerra, que nos salían al paso; las gélidas trincheras de las montañas.
Fue a fines de diciembre de 1936, hace menos de siete meses, y sin embargo es un periodo que ha quedado muy lejos del presente. Los sucesos posteriores lo han sepultado por completo, más que 1935, o que 1905, para el caso. Había ido a España con la vaga idea de escribir artículos de prensa, pero no tardé en integrarme en las milicias populares, porque en aquel momento y en aquella atmósfera parecía lo único razonable. Los anarquistas gobernaban prácticamente toda Cataluña y la revolución estaba todavía en plena ebullición. A quien hubiera estado allí desde el comienzo es probable que tuviera la impresión, incluso en diciembre o en enero, de que el momento revolucionario tocaba a su fin; pero para quien llegaba directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona era asombroso y sobrecogedor. Era la primera vez en mi vida que estaba en una ciudad donde la clase trabajadora tenía el mando. Casi todos los edificios estaban en poder de los obreros y engalanados con banderas rojas o rojinegras; en todas las paredes había hoces, martillos e iniciales de grupos revolucionarios, el interior de la mayoría de las iglesias había sido destruido y quemadas sus imágenes. Equipos de trabajadores se dedicaban a demoler sistemáticamente algunos templos. En todas las tiendas y bares había inscripciones que decían que se habían colectivizado; se habían colectivizado hasta los limpiabotas, que llevaban la caja pintada con el rojo y el negro de los anarquistas. Los camareros y los encargados miraban a la cara a los clientes y los trataban de igual a igual. Las formas de tratamiento serviles, e incluso las protocolarias, habían desaparecido por el momento. Nadie decía «señor», ni «don», ni siquiera «usted». Todos se llamaban camarada, se tuteaban y para saludar decían «salud» en vez de «buenos días». Una de mis primeras experiencias fue un sermón que me echó el gerente de un hotel porque quise darle propina a un ascensorista. No había vehículos privados, todos se habían requisado, y los tranvías, los taxis y otros medios de transporte circulaban pintados de rojo y negro. Por todas partes había carteles revolucionarios que ardían en las paredes con unos rojos y unos azules tan intensos que los demás anuncios parecían pegotes de barro. En las Ramblas, la ancha arteria del centro de la ciudad por donde circulaba un río interminable de gente, las canciones revolucionarias atronaban desde los altavoces durante todo el día hasta bien entrada la noche. Era el aspecto de las multitudes lo más extraño de todo. Por fuera semejaba una ciudad en la que las clases adineradas hubieran dejado prácticamente de existir. Exceptuando a una reducida cantidad de mujeres y extranjeros, no había ni una sola persona «bien vestida». En su mayoría llevaban ropa basta de obrero, o mono azul, o alguna variante del uniforme miliciano. Todo esto resultaba extraño y conmovedor a un tiempo. Yo no entendía muchas cosas, algunas ni siquiera me gustaban, pero supe al instante que era un estado de cosas por el que valía la pena luchar. Y también creí que todo era lo que parecía, que aquello era en verdad un estado obrero y que la burguesía o había huido, o había muerto o se había pasado al bando de los trabajadores por propia voluntad; no me di cuenta de que muchos burgueses ricos se habían limitado a quitarse de en medio, disfrazándose provisionalmente de proletarios.
Mezclado con todo esto se percibía también el aire maligno de la guerra. La ciudad presentaba un aspecto caótico y desolado, el estado de las calles y los edificios era lamentable, las calles estaban medio a oscuras por la noche por temor a los ataques aéreos, casi todas las tiendas estaban sucias y medio vacías. Había poca carne, la leche era prácticamente inencontrable, escaseaban el carbón, el azúcar y la gasolina, y sobre todo escaseaba el pan. Incluso en aquel periodo las colas del pan alcanzaban centenares de metros. Sin embargo, por lo que se veía, la gente estaba contenta y tenía esperanza. No había desempleo y el coste de la vida era bajísimo; había muy pocos indigentes manifiestos y nadie mendigaba salvo los gitanos. Por encima de todo, había fe en la revolución y en el futuro, una sensación de haber entrado de súbito en una era de igualdad y libertad. Los seres humanos procuraban comportarse como seres humanos y no como piezas del engranaje capitalista. En las barberías había avisos de los anarquistas (casi todos los barberos lo eran) en que se proclamaba solemnemente que los barberos ya no eran esclavos. En las calles había carteles de colores en que se invitaba a las prostitutas a dejar de ser prostitutas. Para quien llegaba de la encallecida y desdeñosa civilización de los pueblos anglófonos había algo enternecedor en la literalidad con que aquellos españoles idealistas interpretaban los eslóganes de la revolución. En las calles se vendían por unos céntimos canciones revolucionarias de lo más ingenuo, todas sobre la hermandad proletaria y la maldad de Mussolini. He visto a muchos milicianos analfabetos adquirir estas canciones, descifrar trabajosamente las palabras, y luego, cuando les cogían el tranquillo, tararearlas acomodándolas al son de cualquier melodía.
Todo este tiempo estuve en el Cuartel Lenin, en teoría preparándome para ir al frente. Al alistarme me habían dicho que me enviarían al frente al día siguiente, pero lo cierto es que tuve que esperar mientras se formaba una centuria. Las milicias civiles, organizadas deprisa y corriendo por los sindicatos al comienzo de la guerra, no se habían estructurado, a pesar de todo, como un ejército normal. Las unidades básicas eran la sección, de unos treinta hombres, la centuria, de unos cien, y la columna, que equivalía en la práctica a cualquier grupo numeroso. El Cuartel Lenin era un complejo de magníficos edificios de piedra, con una escuela de equitación y enormes patios adoquinados; había sido cuartel de caballería y se había tomado durante los combates de julio. Mi centuria dormía en una cuadra, al pie de los comederos de piedra, donde seguían grabados los nombres de los animales. Todos los caballos habían sido enviados al frente, pero el lugar seguía oliendo a orina de equino y a paja podrida. Estuve en el cuartel alrededor de una semana. Recuerdo sobre todo el olor a caballo, los trémulos toques de corneta (todos nuestros cornetas eran aficionados y sólo aprendí los toques militares españoles cuando se los oí de lejos a los fascistas), el impacto de las botas claveteadas en el patio, los largos desfiles matutinos bajo el sol invernal, los disparatados partidos de fútbol de cincuenta contra cincuenta en el suelo de gravilla del picadero. En total había en el cuartel alrededor de mil hombres y una veintena de mujeres, sin contar a las esposas de los milicianos, que hacían la comida. Quedaban aún había mujeres sirviendo en las milicias, pero no muchas. En las primeras batallas habían luchado hombro con hombro junto a los varones, con toda normalidad; parece lo más natural en tiempos de revolución. Pero las ideas estaban cambiando ya. Los milicianos no podían acercarse al picadero mientras las mujeres hacían instrucción allí, porque se reían de ellas y las distraían. Unos meses antes a nadie le habría parecido cómico que una mujer empuñase un arma.
El cuartel entero respiraba el caos y la suciedad en que los milicianos sumían todos los edificios que ocupaban y que parece ser una consecuencia inevitable de las revoluciones. Por todos los rincones había montones de muebles reducidos a leña, sillas de montar rotas, cascos de jinete, vainas sin sable y comida que se había echado a perder. En mi barracón tirábamos una cesta de pan tras cada comida, un hecho lamentable habida cuenta de que el pan escaseaba entre la población civil. Comíamos sentados ante largas mesas de caballetes, en marmitas de estaño siempre grasientas, y bebíamos de un espantoso utensilio llamado porrón. Un porrón es una vasija de vidrio con un pitón del que sale un chorrito de vino cuando se inclina; se puede beber así de lejos, sin tocarlo con los labios, y pasa de mano en mano. En cuanto vi un porrón en funcionamiento, me declaré en huelga y exigí un vaso. Tal y como yo lo veía, era demasiado parecido a un orinal de hospital, sobre todo cuando contenía vino blanco.
Poco a poco iban repartiendo uniformes a los reclutas y, como estábamos en España, las cosas se entregaban sin orden ni concierto y nunca se sabía con seguridad ni quién recibía algo ni qué recibía, y algunos de los artículos que más necesitábamos, como cintos y cartucheras, se nos entregaron en el último instante, cuando ya nos estaba esperando el tren para llevarnos al frente. He hablado del «uniforme» miliciano, lo cual podría llamar a engaño. No era exactamente un uniforme. Puede que «multiforme» sea un nombre más apropiado. Todas nuestras vestimentas tenían el mismo aire general, pero no había dos atuendos que fueran idénticos. Prácticamente todos llevábamos bombachos de pana, pero aquí terminaba la uniformidad. Unos llevaban polainas de vendas; otros, sobreempeines de pana; otros, leguis de cuero o botas de caña alta. Todos llevábamos cazadoras de cremallera, pero unas eran de cuero y otras de lana, de todos los colores imaginables. Los gorros eran tan variados como sus portadores. Lo normal era adornar la parte delantera con la insignia de algún partido y casi todos llevaban además un pañuelo rojo o rojinegro al cuello. Una columna de milicianos era en aquellos tiempos una muchedumbre de lo más vistoso. Sea como fuere, las prendas tenían que entregarse conforme salían de esta o aquella fábrica, así que no eran malas prendas, dadas las circunstancias. Las camisas y calcetines eran unas piezas de lana que daban más pena que abrigo. No quiero ni pensar en lo que tuvieron que padecer los milicianos durante aquellos meses, hasta que todo se organizó. Recuerdo haberme encontrado un periódico de hacía apenas dos meses en el que un dirigente del POUM afirmaba, tras haber visitado el frente, que haría lo posible para que «todo miliciano tuviera una manta». Quien hay dormido alguna vez en una trinchera se echaría a temblar al oír semejante frase.
Durante mi segundo día de cuartel empezó lo que llamaban cómicamente «instrucción». Al principio se produjeron situaciones caóticas espeluznantes. Los reclutas eran en su mayoría jóvenes de dieciséis o diecisiete años de los barrios pobres de Barcelona, llenos de ardor revolucionario pero totalmente ignorantes del significado de la guerra. Era imposible incluso ponerlos en hilera. No había disciplina; si a un hombre no le gustaba una orden, salía de la formación y discutía a gritos con el oficial. El teniente que nos daba la instrucción era un joven agradable, corpulento y de cara lozana; había sido oficial del ejército regular y seguía pareciéndolo, con su porte elegante y su impecable uniforme. Lo curioso es que era un socialista sincero y ardiente. Insistía incluso más que los soldados rasos en la absoluta igualdad social de los grados militares. Recuerdo la dolorosa sorpresa que se llevó cuando un recluta ignorante lo llamó señor.
—¿Qué? ¿Señor? ¿Quién me llama señor? ¿No somos todos camaradas?
Dudo que aquello le facilitara la tarea. Entretanto, los reclutas no recibían ninguna preparación militar que pudiera serles remotamente útil. Me habían dicho que los extranjeros no estábamos obligados a hacer «instrucción» (los españoles estaban desarmantemente convencidos de que todos los extranjeros sabían más que ellos de asuntos militares), aunque como es lógico fui con los demás. Tenía muchas ganas de aprender a disparar con ametralladora, pues nunca había tenido oportunidad de manejar una, pero me quedé de una pieza al comprobar que no nos enseñaban nada sobre armas. La llamada instrucción no era más que una anticuada y estúpida serie de ejercicios en el campo de desfiles; variación derecha, variación izquierda, media vuelta, desfilar rígidamente en columna de a tres y todas esas inútiles insensateces que ya me habían enseñado cuando tenía quince años. Era una forma sorprendente de instruir a un ejército de guerrilleros. Si sólo se cuenta con unos días para instruir a un soldado, lo lógico es enseñarle lo que más falta va a hacerle: a ponerse a cubierto, a avanzar por terreno descubierto, a montar guardias y a construir un parapeto, y sobre todo a usar armas. Sin embargo, a aquella masa de jóvenes ávidos que iba a ser lanzada al frente al cabo de unos días ni siquiera se le enseñaba a disparar un fusil o a liberar la espoleta de una bomba. No caí en la cuenta en aquel momento de que aquella situación se debía a que no había armas disponibles; las milicias del POUM padecían una escasez de fusiles tan desesperante que las tropas de refresco que llegaban al frente tenían que quedarse con los fusiles de los soldados a los que relevaban. Creo que en todo el Cuartel Lenin no había más fusiles que los de los centinelas.
Al cabo de unos días, a pesar de que en términos normales éramos todavía un desastre, se nos consideró preparados para aparecer en público, y marchábamos por la mañana en formación hasta los jardines de la colina del otro lado de la plaza de España. Era el campo de instrucción de todas las milicias, de los carabineros y de los primeros contingentes del recién constituido Ejército Popular. Allí arriba, el espectáculo era extraño y estimulante. Por todos los caminos y senderos, flanqueados por lechos de flores, desfilaban arriba y abajo pelotones y compañías, todos tiesos, con el pecho fuera y esforzándose por parecer soldados. Ninguno llevaba armas ni el uniforme completo, aunque casi todos lucían alguna prenda del uniforme miliciano. La dinámica siempre era más o menos la misma. Íbamos de aquí para allá durante tres horas (el paso de desfile español es corto y rápido), nos deteníamos, rompíamos filas y nos precipitábamos con la garganta seca hacia la pequeña tienda que había en mitad de la ladera y que estaba haciendo su agosto con el vino barato. Todos eran muy cordiales conmigo. De algún modo, el hecho de que fuera inglés despertaba su curiosidad, y los oficiales de carabineros me agasajaban y me invitaban a beber. Mientras tanto, siempre que podía acorralar al teniente le pedía a gritos que me enseñaran a utilizar una ametralladora. Sacaba el diccionario Hugo del bolsillo y le decía en un español infame:
—Yo sé manejar fusil. No sé manejar ametralladora. Quiero aprender ametralladora. ¿Cuándo vamos aprender ametralladora?
Por toda respuesta obtenía siempre una sonrisa nerviosa y la promesa de que habría instrucción con ametralladora mañana. Huelga decir que mañana no llegó nunca. Pasaron los días y los reclutas aprendieron a llevar el paso y a ponerse firmes casi con elegancia, pero si sabían por qué extremo del fusil salía la bala, ya sabían mucho. Un día se nos acercó un carabinero armado mientras estábamos en descanso y nos dejó ver su fusil. Resultó que el único de mi sección que sabía cómo se cargaba era yo, y no digamos apuntar con él.
Durante todo este tiempo no dejé de forcejear con la lengua española. Aparte de mí, sólo había otro inglés en el cuartel y ni siquiera los oficiales sabían una palabra de francés. No me facilitaba las cosas el que mis compañeros, cuando hablaban entre sí, se expresaran normalmente en catalán. Mi única solución era ir a todas partes con un pequeño diccionario que sacaba del bolsillo en los momentos críticos. Pero prefería ser extranjero en España a serlo en otros lugares. ¡Qué fácil es hacer amigos en España! En apenas dos días una veintena de milicianos me llamaban ya por el nombre de pila, me lo explicaban todo y me abrumaban con su generosidad. Pero no es éste un libro de propaganda y no pretendo idealizar a los milicianos del POUM. La organización de las milicias tenía serios defectos y los hombres eran muy dispares, ya que la recluta voluntaria se estaba acabando y muchos de los mejores hombres estaban ya en el frente o muertos. Siempre había entre nosotros un porcentaje de personal completamente inútil, jóvenes de quince años, alistados por sus padres, no ocultaban que lo hacían por las diez pesetas diarias que cobraban los milicianos, y también por el pan que el cuartel recibía en abundancia y que se llevaban a escondidas a casa de la familia. Pero desafío a cualquiera a que se meta, como yo, entre la clase obrera española —quizá debería decir catalana, porque, con la excepción de un puñado de aragoneses y andaluces, sólo me mezclé con catalanes—, a ver si no se siente impresionado por su honradez básica; y, por encima de todo, por su franqueza y su generosidad. La generosidad española, en el sentido corriente de la palabra, resulta a veces embarazosa; pides un cigarrillo y te obligan a quedarte con el paquete entero. Pero hay además otra generosidad, en un sentido más profundo, una auténtica grandeza de espíritu que he visto una y otra vez en las circunstancias menos favorables. Ciertos periodistas y otros extranjeros que fueron a España durante la guerra han afirmado que, en el fondo, los españoles estaban resentidos por la ayuda exterior; lo único que puedo decir es que no vi por ningún lado tal resentimiento. Recuerdo que unos días antes de salir del cuartel llegó del frente un grupo de hombres de permiso. Comentaban emocionados sus experiencias, y hablaban con mucho entusiasmo de los voluntarios franceses que habían estado con ellos en Huesca. Los franceses eran muy valientes, decían, y añadían con vehemencia:
—Más valientes que nosotros.
Yo puse objeciones, claro, y ellos replicaron que los franceses conocían mejor el arte de la guerra, sabían más de bombas, de ametralladoras y otras cuestiones. Pero la observación había sido reveladora. Un inglés se habría dejado cortar la mano antes de decir algo parecido.
Todos los extranjeros alistados en las milicias civiles pasaban las primeras semanas aprendiendo a amar a los españoles y a desesperarse ante algunas de sus características. En el frente, mi exasperación llegaba a veces a rozar la cólera. Los españoles saben hacer muchas cosas, pero no la guerra. Todos los extranjeros se quedan consternados por su ineficacia y, sobre todo, por su irritante impuntualidad. Una palabra española que ningún extranjero deja de aprender es mañana; siempre que es posible, los asuntos de hoy se posponen hasta mañana. Es tan evidente que los mismos españoles hacen bromas al respecto. Desde las comidas hasta las batallas, en España no hay nada que se produzca nunca en el momento previsto. Por lo general, las cosas se hacen tarde, aunque de vez en cuando —para que uno no confíe ni siquiera en que se hacen siempre a deshoras— se hacen antes de tiempo. Un tren que tiene prevista la salida a las ocho saldrá normalmente a las nueve o las diez, pero aproximadamente una vez a la semana saldrá a las siete y media, porque le da por ahí al maquinista. Estos detalles pueden resultar un tanto exasperantes. A pesar de que en teoría admiro a los españoles porque no padecen la neurosis cronométrica de nosotros los nórdicos, por desgracia también yo la padezco.
Después de infinitos rumores, mañanas y retrasos, dieron orden de partir para el frente en un plazo de dos horas, y aún nos faltaba la mitad del equipo. Hubo auténticos tumultos en el cuarto del furriel; al final, fueron muchos los que tuvieron que partir sin el equipo completo. En un abrir y cerrar de ojos, los barracones se habían llenado de mujeres que parecían haber surgido de la tierra y ayudaban a sus parientes masculinos a liar la manta y a hacer el macuto. Fue un tanto humillante que una española, la mujer de Williams, el otro miliciano inglés, tuviera que enseñarme a ponerme las cartucheras recién obtenidas. Era una criatura amable, de ojos negros y muy femenina, con aspecto de haber nacido para mecer una cuna, aunque la verdad es que había luchado con valentía en las batallas callejeras de julio. En aquel momento llevaba en brazos un niño que había nacido diez meses después del estallido de la guerra y que quizá había sido concebido tras una barricada.
El tren tenía que salir a las ocho, y a las ocho y diez los intranquilos y sudorosos oficiales consiguieron concentrarnos en el patio del cuartel. Conservo un diáfano recuerdo de la escena iluminada por las antorchas, el alboroto, la emoción, las banderas rojas ondeando a la luz de las llamas, la prieta formación de los milicianos con el macuto en la espalda y las mantas enrolladas colgadas en bandolera; y los gritos, y el resonar de las botas y las marmitas de estaño, y luego el ruidoso siseo para pedir un silencio que acabó por imponerse; y, a continuación, un comisario político que se colocó al pie de una gigantesca bandera roja y lanzó una arenga en catalán. Finalmente, nos condujeron a la estación, por el camino más largo, de cinco o seis kilómetros, para que nos viera toda la ciudad. En las Ramblas nos detuvimos para escuchar un par de himnos revolucionarios, interpretados por una banda de música que nos habían cedido. Y otra la vez la apoteosis de los héroes, gritos de entusiasmo, banderas rojas y rojinegras por todas partes, multitudes vitoreantes apelotonadas en las aceras para vernos, mujeres que saludaban desde las ventanas. Qué natural me parecía todo entonces; qué remoto e inverosímil en la actualidad. El tren estaba tan atestado que apenas había sitio libre en el suelo, no digamos en los asientos. En el último momento, la mujer de Williams llegó corriendo por el andén y nos dio una botella de vino y una ristra de esas salchichas rojas que saben a jabón y producen diarrea El tren fue saliendo de Cataluña para adentrarse en la meseta aragonesa a menos de veinte kilómetros por hora, velocidad normal en tiempo de guerra.
En el Cuartel Lenin de Barcelona, un día antes de alistarme en las milicias populares, vi a un miliciano italiano delante de la mesa de los oficiales.
Era un joven de veinticinco o veintiséis años, de aire resuelto, pelo entre rubio y rojo, y espaldas poderosas. La gorra de cuero le caía decididamente sobre un ojo. Estaba de costado, la barbilla en el pecho, mirando con un frunce de confusión el mapa que un oficial había desplegado en la mesa. Advertí en su cara algo que me conmovió profundamente. Era la cara de un hombre que mataría y daría la vida por un amigo, la clásica cara que se espera en un anarquista, aunque era probable que fuese comunista. En aquella cara había franqueza y ferocidad, y también ese respeto enternecedor que sienten los analfabetos por sus presuntos superiores. Era evidente que el mapa era chino para él; era evidente que interpretar un mapa representaba para él una hazaña intelectual extraordinaria. No sabría decir por qué, pero creo que no he conocido a nadie —quiero decir a ningún hombre— con quien haya simpatizado con tanta rapidez. En la conversación de los de la mesa se mencionó que yo era extranjero. El italiano levantó la cabeza y dijo de inmediato:
—¿Italiano?
—No, inglés —respondí en mi mal español—. ¿Y tú?
—Italiano.
Al salir se me acercó y me estrechó la mano con fuerza. Qué extraño que podamos sentir tanto afecto por un desconocido. Fue como si su espíritu y el mío hubieran salvado el abismo del idioma y las tradiciones y se hubieran compenetrado a fondo. Esperaba haberle caído tan bien como él a mí. Pero yo sabía que para conservar aquella primera impresión no debía volver a verlo; y huelga decir que no volví a verlo. Siempre se trababan relaciones así en España.
Menciono a este italiano porque se me ha quedado vivamente grabado en la memoria. Con el uniforme raído y aquel rostro feroz y enternecedor, tipifica para mí el clima especial de aquellos tiempos. Está unido a todos mis recuerdos de aquella fase de la guerra: las banderas rojas de Barcelona; los trenes destartalados y llenos de soldados mal vestidos, que se arrastraban hacia el frente; los pueblos grises, alcanzados por la guerra, que nos salían al paso; las gélidas trincheras de las montañas.
Fue a fines de diciembre de 1936, hace menos de siete meses, y sin embargo es un periodo que ha quedado muy lejos del presente. Los sucesos posteriores lo han sepultado por completo, más que 1935, o que 1905, para el caso. Había ido a España con la vaga idea de escribir artículos de prensa, pero no tardé en integrarme en las milicias populares, porque en aquel momento y en aquella atmósfera parecía lo único razonable. Los anarquistas gobernaban prácticamente toda Cataluña y la revolución estaba todavía en plena ebullición. A quien hubiera estado allí desde el comienzo es probable que tuviera la impresión, incluso en diciembre o en enero, de que el momento revolucionario tocaba a su fin; pero para quien llegaba directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona era asombroso y sobrecogedor. Era la primera vez en mi vida que estaba en una ciudad donde la clase trabajadora tenía el mando. Casi todos los edificios estaban en poder de los obreros y engalanados con banderas rojas o rojinegras; en todas las paredes había hoces, martillos e iniciales de grupos revolucionarios, el interior de la mayoría de las iglesias había sido destruido y quemadas sus imágenes. Equipos de trabajadores se dedicaban a demoler sistemáticamente algunos templos. En todas las tiendas y bares había inscripciones que decían que se habían colectivizado; se habían colectivizado hasta los limpiabotas, que llevaban la caja pintada con el rojo y el negro de los anarquistas. Los camareros y los encargados miraban a la cara a los clientes y los trataban de igual a igual. Las formas de tratamiento serviles, e incluso las protocolarias, habían desaparecido por el momento. Nadie decía «señor», ni «don», ni siquiera «usted». Todos se llamaban camarada, se tuteaban y para saludar decían «salud» en vez de «buenos días». Una de mis primeras experiencias fue un sermón que me echó el gerente de un hotel porque quise darle propina a un ascensorista. No había vehículos privados, todos se habían requisado, y los tranvías, los taxis y otros medios de transporte circulaban pintados de rojo y negro. Por todas partes había carteles revolucionarios que ardían en las paredes con unos rojos y unos azules tan intensos que los demás anuncios parecían pegotes de barro. En las Ramblas, la ancha arteria del centro de la ciudad por donde circulaba un río interminable de gente, las canciones revolucionarias atronaban desde los altavoces durante todo el día hasta bien entrada la noche. Era el aspecto de las multitudes lo más extraño de todo. Por fuera semejaba una ciudad en la que las clases adineradas hubieran dejado prácticamente de existir. Exceptuando a una reducida cantidad de mujeres y extranjeros, no había ni una sola persona «bien vestida». En su mayoría llevaban ropa basta de obrero, o mono azul, o alguna variante del uniforme miliciano. Todo esto resultaba extraño y conmovedor a un tiempo. Yo no entendía muchas cosas, algunas ni siquiera me gustaban, pero supe al instante que era un estado de cosas por el que valía la pena luchar. Y también creí que todo era lo que parecía, que aquello era en verdad un estado obrero y que la burguesía o había huido, o había muerto o se había pasado al bando de los trabajadores por propia voluntad; no me di cuenta de que muchos burgueses ricos se habían limitado a quitarse de en medio, disfrazándose provisionalmente de proletarios.
Mezclado con todo esto se percibía también el aire maligno de la guerra. La ciudad presentaba un aspecto caótico y desolado, el estado de las calles y los edificios era lamentable, las calles estaban medio a oscuras por la noche por temor a los ataques aéreos, casi todas las tiendas estaban sucias y medio vacías. Había poca carne, la leche era prácticamente inencontrable, escaseaban el carbón, el azúcar y la gasolina, y sobre todo escaseaba el pan. Incluso en aquel periodo las colas del pan alcanzaban centenares de metros. Sin embargo, por lo que se veía, la gente estaba contenta y tenía esperanza. No había desempleo y el coste de la vida era bajísimo; había muy pocos indigentes manifiestos y nadie mendigaba salvo los gitanos. Por encima de todo, había fe en la revolución y en el futuro, una sensación de haber entrado de súbito en una era de igualdad y libertad. Los seres humanos procuraban comportarse como seres humanos y no como piezas del engranaje capitalista. En las barberías había avisos de los anarquistas (casi todos los barberos lo eran) en que se proclamaba solemnemente que los barberos ya no eran esclavos. En las calles había carteles de colores en que se invitaba a las prostitutas a dejar de ser prostitutas. Para quien llegaba de la encallecida y desdeñosa civilización de los pueblos anglófonos había algo enternecedor en la literalidad con que aquellos españoles idealistas interpretaban los eslóganes de la revolución. En las calles se vendían por unos céntimos canciones revolucionarias de lo más ingenuo, todas sobre la hermandad proletaria y la maldad de Mussolini. He visto a muchos milicianos analfabetos adquirir estas canciones, descifrar trabajosamente las palabras, y luego, cuando les cogían el tranquillo, tararearlas acomodándolas al son de cualquier melodía.
Todo este tiempo estuve en el Cuartel Lenin, en teoría preparándome para ir al frente. Al alistarme me habían dicho que me enviarían al frente al día siguiente, pero lo cierto es que tuve que esperar mientras se formaba una centuria. Las milicias civiles, organizadas deprisa y corriendo por los sindicatos al comienzo de la guerra, no se habían estructurado, a pesar de todo, como un ejército normal. Las unidades básicas eran la sección, de unos treinta hombres, la centuria, de unos cien, y la columna, que equivalía en la práctica a cualquier grupo numeroso. El Cuartel Lenin era un complejo de magníficos edificios de piedra, con una escuela de equitación y enormes patios adoquinados; había sido cuartel de caballería y se había tomado durante los combates de julio. Mi centuria dormía en una cuadra, al pie de los comederos de piedra, donde seguían grabados los nombres de los animales. Todos los caballos habían sido enviados al frente, pero el lugar seguía oliendo a orina de equino y a paja podrida. Estuve en el cuartel alrededor de una semana. Recuerdo sobre todo el olor a caballo, los trémulos toques de corneta (todos nuestros cornetas eran aficionados y sólo aprendí los toques militares españoles cuando se los oí de lejos a los fascistas), el impacto de las botas claveteadas en el patio, los largos desfiles matutinos bajo el sol invernal, los disparatados partidos de fútbol de cincuenta contra cincuenta en el suelo de gravilla del picadero. En total había en el cuartel alrededor de mil hombres y una veintena de mujeres, sin contar a las esposas de los milicianos, que hacían la comida. Quedaban aún había mujeres sirviendo en las milicias, pero no muchas. En las primeras batallas habían luchado hombro con hombro junto a los varones, con toda normalidad; parece lo más natural en tiempos de revolución. Pero las ideas estaban cambiando ya. Los milicianos no podían acercarse al picadero mientras las mujeres hacían instrucción allí, porque se reían de ellas y las distraían. Unos meses antes a nadie le habría parecido cómico que una mujer empuñase un arma.
El cuartel entero respiraba el caos y la suciedad en que los milicianos sumían todos los edificios que ocupaban y que parece ser una consecuencia inevitable de las revoluciones. Por todos los rincones había montones de muebles reducidos a leña, sillas de montar rotas, cascos de jinete, vainas sin sable y comida que se había echado a perder. En mi barracón tirábamos una cesta de pan tras cada comida, un hecho lamentable habida cuenta de que el pan escaseaba entre la población civil. Comíamos sentados ante largas mesas de caballetes, en marmitas de estaño siempre grasientas, y bebíamos de un espantoso utensilio llamado porrón. Un porrón es una vasija de vidrio con un pitón del que sale un chorrito de vino cuando se inclina; se puede beber así de lejos, sin tocarlo con los labios, y pasa de mano en mano. En cuanto vi un porrón en funcionamiento, me declaré en huelga y exigí un vaso. Tal y como yo lo veía, era demasiado parecido a un orinal de hospital, sobre todo cuando contenía vino blanco.
Poco a poco iban repartiendo uniformes a los reclutas y, como estábamos en España, las cosas se entregaban sin orden ni concierto y nunca se sabía con seguridad ni quién recibía algo ni qué recibía, y algunos de los artículos que más necesitábamos, como cintos y cartucheras, se nos entregaron en el último instante, cuando ya nos estaba esperando el tren para llevarnos al frente. He hablado del «uniforme» miliciano, lo cual podría llamar a engaño. No era exactamente un uniforme. Puede que «multiforme» sea un nombre más apropiado. Todas nuestras vestimentas tenían el mismo aire general, pero no había dos atuendos que fueran idénticos. Prácticamente todos llevábamos bombachos de pana, pero aquí terminaba la uniformidad. Unos llevaban polainas de vendas; otros, sobreempeines de pana; otros, leguis de cuero o botas de caña alta. Todos llevábamos cazadoras de cremallera, pero unas eran de cuero y otras de lana, de todos los colores imaginables. Los gorros eran tan variados como sus portadores. Lo normal era adornar la parte delantera con la insignia de algún partido y casi todos llevaban además un pañuelo rojo o rojinegro al cuello. Una columna de milicianos era en aquellos tiempos una muchedumbre de lo más vistoso. Sea como fuere, las prendas tenían que entregarse conforme salían de esta o aquella fábrica, así que no eran malas prendas, dadas las circunstancias. Las camisas y calcetines eran unas piezas de lana que daban más pena que abrigo. No quiero ni pensar en lo que tuvieron que padecer los milicianos durante aquellos meses, hasta que todo se organizó. Recuerdo haberme encontrado un periódico de hacía apenas dos meses en el que un dirigente del POUM afirmaba, tras haber visitado el frente, que haría lo posible para que «todo miliciano tuviera una manta». Quien hay dormido alguna vez en una trinchera se echaría a temblar al oír semejante frase.
Durante mi segundo día de cuartel empezó lo que llamaban cómicamente «instrucción». Al principio se produjeron situaciones caóticas espeluznantes. Los reclutas eran en su mayoría jóvenes de dieciséis o diecisiete años de los barrios pobres de Barcelona, llenos de ardor revolucionario pero totalmente ignorantes del significado de la guerra. Era imposible incluso ponerlos en hilera. No había disciplina; si a un hombre no le gustaba una orden, salía de la formación y discutía a gritos con el oficial. El teniente que nos daba la instrucción era un joven agradable, corpulento y de cara lozana; había sido oficial del ejército regular y seguía pareciéndolo, con su porte elegante y su impecable uniforme. Lo curioso es que era un socialista sincero y ardiente. Insistía incluso más que los soldados rasos en la absoluta igualdad social de los grados militares. Recuerdo la dolorosa sorpresa que se llevó cuando un recluta ignorante lo llamó señor.
—¿Qué? ¿Señor? ¿Quién me llama señor? ¿No somos todos camaradas?
Dudo que aquello le facilitara la tarea. Entretanto, los reclutas no recibían ninguna preparación militar que pudiera serles remotamente útil. Me habían dicho que los extranjeros no estábamos obligados a hacer «instrucción» (los españoles estaban desarmantemente convencidos de que todos los extranjeros sabían más que ellos de asuntos militares), aunque como es lógico fui con los demás. Tenía muchas ganas de aprender a disparar con ametralladora, pues nunca había tenido oportunidad de manejar una, pero me quedé de una pieza al comprobar que no nos enseñaban nada sobre armas. La llamada instrucción no era más que una anticuada y estúpida serie de ejercicios en el campo de desfiles; variación derecha, variación izquierda, media vuelta, desfilar rígidamente en columna de a tres y todas esas inútiles insensateces que ya me habían enseñado cuando tenía quince años. Era una forma sorprendente de instruir a un ejército de guerrilleros. Si sólo se cuenta con unos días para instruir a un soldado, lo lógico es enseñarle lo que más falta va a hacerle: a ponerse a cubierto, a avanzar por terreno descubierto, a montar guardias y a construir un parapeto, y sobre todo a usar armas. Sin embargo, a aquella masa de jóvenes ávidos que iba a ser lanzada al frente al cabo de unos días ni siquiera se le enseñaba a disparar un fusil o a liberar la espoleta de una bomba. No caí en la cuenta en aquel momento de que aquella situación se debía a que no había armas disponibles; las milicias del POUM padecían una escasez de fusiles tan desesperante que las tropas de refresco que llegaban al frente tenían que quedarse con los fusiles de los soldados a los que relevaban. Creo que en todo el Cuartel Lenin no había más fusiles que los de los centinelas.
Al cabo de unos días, a pesar de que en términos normales éramos todavía un desastre, se nos consideró preparados para aparecer en público, y marchábamos por la mañana en formación hasta los jardines de la colina del otro lado de la plaza de España. Era el campo de instrucción de todas las milicias, de los carabineros y de los primeros contingentes del recién constituido Ejército Popular. Allí arriba, el espectáculo era extraño y estimulante. Por todos los caminos y senderos, flanqueados por lechos de flores, desfilaban arriba y abajo pelotones y compañías, todos tiesos, con el pecho fuera y esforzándose por parecer soldados. Ninguno llevaba armas ni el uniforme completo, aunque casi todos lucían alguna prenda del uniforme miliciano. La dinámica siempre era más o menos la misma. Íbamos de aquí para allá durante tres horas (el paso de desfile español es corto y rápido), nos deteníamos, rompíamos filas y nos precipitábamos con la garganta seca hacia la pequeña tienda que había en mitad de la ladera y que estaba haciendo su agosto con el vino barato. Todos eran muy cordiales conmigo. De algún modo, el hecho de que fuera inglés despertaba su curiosidad, y los oficiales de carabineros me agasajaban y me invitaban a beber. Mientras tanto, siempre que podía acorralar al teniente le pedía a gritos que me enseñaran a utilizar una ametralladora. Sacaba el diccionario Hugo del bolsillo y le decía en un español infame:
—Yo sé manejar fusil. No sé manejar ametralladora. Quiero aprender ametralladora. ¿Cuándo vamos aprender ametralladora?
Por toda respuesta obtenía siempre una sonrisa nerviosa y la promesa de que habría instrucción con ametralladora mañana. Huelga decir que mañana no llegó nunca. Pasaron los días y los reclutas aprendieron a llevar el paso y a ponerse firmes casi con elegancia, pero si sabían por qué extremo del fusil salía la bala, ya sabían mucho. Un día se nos acercó un carabinero armado mientras estábamos en descanso y nos dejó ver su fusil. Resultó que el único de mi sección que sabía cómo se cargaba era yo, y no digamos apuntar con él.
Durante todo este tiempo no dejé de forcejear con la lengua española. Aparte de mí, sólo había otro inglés en el cuartel y ni siquiera los oficiales sabían una palabra de francés. No me facilitaba las cosas el que mis compañeros, cuando hablaban entre sí, se expresaran normalmente en catalán. Mi única solución era ir a todas partes con un pequeño diccionario que sacaba del bolsillo en los momentos críticos. Pero prefería ser extranjero en España a serlo en otros lugares. ¡Qué fácil es hacer amigos en España! En apenas dos días una veintena de milicianos me llamaban ya por el nombre de pila, me lo explicaban todo y me abrumaban con su generosidad. Pero no es éste un libro de propaganda y no pretendo idealizar a los milicianos del POUM. La organización de las milicias tenía serios defectos y los hombres eran muy dispares, ya que la recluta voluntaria se estaba acabando y muchos de los mejores hombres estaban ya en el frente o muertos. Siempre había entre nosotros un porcentaje de personal completamente inútil, jóvenes de quince años, alistados por sus padres, no ocultaban que lo hacían por las diez pesetas diarias que cobraban los milicianos, y también por el pan que el cuartel recibía en abundancia y que se llevaban a escondidas a casa de la familia. Pero desafío a cualquiera a que se meta, como yo, entre la clase obrera española —quizá debería decir catalana, porque, con la excepción de un puñado de aragoneses y andaluces, sólo me mezclé con catalanes—, a ver si no se siente impresionado por su honradez básica; y, por encima de todo, por su franqueza y su generosidad. La generosidad española, en el sentido corriente de la palabra, resulta a veces embarazosa; pides un cigarrillo y te obligan a quedarte con el paquete entero. Pero hay además otra generosidad, en un sentido más profundo, una auténtica grandeza de espíritu que he visto una y otra vez en las circunstancias menos favorables. Ciertos periodistas y otros extranjeros que fueron a España durante la guerra han afirmado que, en el fondo, los españoles estaban resentidos por la ayuda exterior; lo único que puedo decir es que no vi por ningún lado tal resentimiento. Recuerdo que unos días antes de salir del cuartel llegó del frente un grupo de hombres de permiso. Comentaban emocionados sus experiencias, y hablaban con mucho entusiasmo de los voluntarios franceses que habían estado con ellos en Huesca. Los franceses eran muy valientes, decían, y añadían con vehemencia:
—Más valientes que nosotros.
Yo puse objeciones, claro, y ellos replicaron que los franceses conocían mejor el arte de la guerra, sabían más de bombas, de ametralladoras y otras cuestiones. Pero la observación había sido reveladora. Un inglés se habría dejado cortar la mano antes de decir algo parecido.
Todos los extranjeros alistados en las milicias civiles pasaban las primeras semanas aprendiendo a amar a los españoles y a desesperarse ante algunas de sus características. En el frente, mi exasperación llegaba a veces a rozar la cólera. Los españoles saben hacer muchas cosas, pero no la guerra. Todos los extranjeros se quedan consternados por su ineficacia y, sobre todo, por su irritante impuntualidad. Una palabra española que ningún extranjero deja de aprender es mañana; siempre que es posible, los asuntos de hoy se posponen hasta mañana. Es tan evidente que los mismos españoles hacen bromas al respecto. Desde las comidas hasta las batallas, en España no hay nada que se produzca nunca en el momento previsto. Por lo general, las cosas se hacen tarde, aunque de vez en cuando —para que uno no confíe ni siquiera en que se hacen siempre a deshoras— se hacen antes de tiempo. Un tren que tiene prevista la salida a las ocho saldrá normalmente a las nueve o las diez, pero aproximadamente una vez a la semana saldrá a las siete y media, porque le da por ahí al maquinista. Estos detalles pueden resultar un tanto exasperantes. A pesar de que en teoría admiro a los españoles porque no padecen la neurosis cronométrica de nosotros los nórdicos, por desgracia también yo la padezco.
Después de infinitos rumores, mañanas y retrasos, dieron orden de partir para el frente en un plazo de dos horas, y aún nos faltaba la mitad del equipo. Hubo auténticos tumultos en el cuarto del furriel; al final, fueron muchos los que tuvieron que partir sin el equipo completo. En un abrir y cerrar de ojos, los barracones se habían llenado de mujeres que parecían haber surgido de la tierra y ayudaban a sus parientes masculinos a liar la manta y a hacer el macuto. Fue un tanto humillante que una española, la mujer de Williams, el otro miliciano inglés, tuviera que enseñarme a ponerme las cartucheras recién obtenidas. Era una criatura amable, de ojos negros y muy femenina, con aspecto de haber nacido para mecer una cuna, aunque la verdad es que había luchado con valentía en las batallas callejeras de julio. En aquel momento llevaba en brazos un niño que había nacido diez meses después del estallido de la guerra y que quizá había sido concebido tras una barricada.
El tren tenía que salir a las ocho, y a las ocho y diez los intranquilos y sudorosos oficiales consiguieron concentrarnos en el patio del cuartel. Conservo un diáfano recuerdo de la escena iluminada por las antorchas, el alboroto, la emoción, las banderas rojas ondeando a la luz de las llamas, la prieta formación de los milicianos con el macuto en la espalda y las mantas enrolladas colgadas en bandolera; y los gritos, y el resonar de las botas y las marmitas de estaño, y luego el ruidoso siseo para pedir un silencio que acabó por imponerse; y, a continuación, un comisario político que se colocó al pie de una gigantesca bandera roja y lanzó una arenga en catalán. Finalmente, nos condujeron a la estación, por el camino más largo, de cinco o seis kilómetros, para que nos viera toda la ciudad. En las Ramblas nos detuvimos para escuchar un par de himnos revolucionarios, interpretados por una banda de música que nos habían cedido. Y otra la vez la apoteosis de los héroes, gritos de entusiasmo, banderas rojas y rojinegras por todas partes, multitudes vitoreantes apelotonadas en las aceras para vernos, mujeres que saludaban desde las ventanas. Qué natural me parecía todo entonces; qué remoto e inverosímil en la actualidad. El tren estaba tan atestado que apenas había sitio libre en el suelo, no digamos en los asientos. En el último momento, la mujer de Williams llegó corriendo por el andén y nos dio una botella de vino y una ristra de esas salchichas rojas que saben a jabón y producen diarrea El tren fue saliendo de Cataluña para adentrarse en la meseta aragonesa a menos de veinte kilómetros por hora, velocidad normal en tiempo de guerra.
Cuando me vaya...
Me iré despacio un amanecer
que el sol vendrá a buscarme temprano.
Me iré desnudo, como llegué.
Lo que me diste cabe en mi mano.
Mientras tú duermes deshilaré
en tuyo y mío lo que fue nuestro
y a golpes de uñas en la pared
dejaré escrito mi último verso.
Y a la grupa
del terral, mi chalupa
de blanca vela peinará el mar.
¿Que soledad te vendrá a buscar...?
Cuando me vaya.
Cuando me vaya.
Luna tras luna, llamándome
bajarás donde el azul se rompe.
El viento te abrazará de pie
hurgando el vientre del horizonte.
Una sonrisa se esfumará
rozando el borde de los aleros.
Tu boca amarga preguntará
¿...para quién brillan hoy los luceros?
Y las olas
sembrarán caracolas
arena y algas entre tus pies.
Los besarán y se irán después
hacia otra playa.
Cuando me vaya.
Me iré silbando aquella canción
que me cantaba cuando era un crío
un marinero lleno de ron
por si en verano sentía frío.
Me iré despacio y sé que quizás
te evoque triste doblando el faro.
Después la aldea quedará atrás,
después el día será más claro.
Y ese día
dulce melancolía,
has de arrugarte junto al hogar.
Sin una astilla para quemar.
Cuando me vaya.
Cuando me vaya.
Joan Manuel Serrat
lunes, julio 18, 2005
Puck
EYRE
He decidido que los días que me queden de vacaciones me los voy a coger en octubre o noviembre para viajar a Irlanda.Voy a buscar Inisfree.
Bueno, voy a buscar el pueblo donde rodaron "El hombre tranquilo", sé que no se llama Inisfree pero sigue existiendo y está casi igual que en la peli.
Hay algo mágico para mí en Irlanda, y quiero descubrir qué es...
CHAU NÚMERO TRES
Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.
Mario Benedetti
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.
Mario Benedetti
jueves, julio 14, 2005
LISBOA

No sé si este pescador se llamaba Manuel. Teníamos prisa y no pude acercarme a hablar con él un rato...
En realidad, desde que ví a los 8 años "Capitanes intrépidos" para mí todos los pescadores portugueses se llamarán Manuel y tendrán la cara de Spencer Tracy.
Debería volver (esta vez sin prisas, que nunca me gustaron), buscar al pescador y esperar a que el cielo vuelva a romperse de ese modo. En Lisboa.
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